3

—Dime cómo murió mi padre —dijo ella desde la puerta, con el documento todavía en la mano y su nombre escrito en él como una acusación.

—Como debía —respondió Nico sin apartar los ojos de la ventana.

No había girado la cabeza cuando ella entró. Quizás la había escuchado subir las escaleras, quizás la había escuchado abrir el archivador, quizás llevaba tiempo esperando exactamente este momento con la misma paciencia fría con que parecía esperar todo. Estaba de pie junto al ventanal del tercer piso con los brazos cruzados sobre su pecho y la mirada perdida en la oscuridad del campo, donde las colinas de Calabria se confundían con el cielo sin luna. La única luz en el despacho era la lámpara de latón sobre el escritorio, y su resplandor amarillo llegaba hasta él apenas lo suficiente para dibujar el contorno de su perfil.

Ginevra entró en la habitación. Cerró la puerta tras de sí con una calma que le costó más de lo que quería admitir. Depositó el documento sobre el escritorio con cuidado, como quien coloca sobre la mesa una carta que no puede retirarse.

—Tu nombre está en ese papel —dijo—. Junto al de él. Con la palabra «ejecución» escrita al lado.

Nico no se movió. Tampoco negó nada. Y ese silencio, esa quietud absoluta que no era sorpresa sino algo mucho más complicado, fue lo que le heló la sangre a Ginevra con más eficacia que cualquier confesión.

—¿Ibas a decirme algo algún día? —continuó ella, sintiendo cómo su voz perdía un milímetro de control—. ¿O pensabas que bastaba con comprar mi nombre para que nunca hiciera preguntas?

Entonces sí se giró. Y lo que encontró en sus ojos no fue la frialdad calculada del primer día, sino algo más oscuro y más difícil de clasificar. Algo que se parecía, de manera inquietante, al agotamiento de cargar con un peso durante demasiado tiempo.

—Hay cosas que no se explican en un despacho —dijo Nico.

—Pues empieza —respondió ella—. Porque estamos en un despacho y yo no me voy a mover.

* * *

La última noche de Carlo Moretti había sido una de esas noches de octubre en que el viento del sur trae consigo el olor a sal y a tierra mojada. Había salido de su casa a las diez, con el abrigo que siempre usaba y un sobre cerrado bajo el brazo. Ginevra lo había visto marcharse desde la ventana de su habitación, sin saber todavía que era la última vez. Había pensado que regresaría antes de medianoche. Había pensado muchas cosas aquella noche que después resultaron ser falsas.

La última noche de Carlo Moretti, según los registros de la familia Rinaldi, había sido la noche en que el hombre se presentó en una reunión a la que no había sido invitado, con información que no debía tener y una propuesta que nadie en esa sala podía aceptar. Había pronunciado el nombre de los Castellano con la confianza de alguien que cree que saber un secreto es suficiente para protegerlo. Y había descubierto, demasiado tarde, que los secretos en el sur de Italia no protegen a quien los conoce. Al contrario. Los convierten en una amenaza que hay que resolver.

Dos versiones de la misma noche. Las dos verdaderas. Las dos incompletas.

—Mi padre fue a esa reunión con información sobre los Castellano —dijo Ginevra, sin apartar sus ojos de los de él—. ¿Qué clase de información?

—El tipo que destruye familias enteras —respondió Nico—. O las salva, dependiendo de quién la use primero.

Se había movido mientras hablaba, separándose de la ventana con esa forma suya de desplazarse que no anunciaba su dirección hasta que ya estaba ahí. Se detuvo a dos metros de ella. La distancia era suficiente para mantener una conversación entre personas razonables, y los dos sabían que no eran eso, al menos no en ese momento. El aire entre ambos tenía la densidad particular de las cosas que no se dicen pero se sienten, una electricidad sorda que Ginevra reconoció con una mezcla de furia y algo que no quería nombrar.

—¿Y decidisteis que era más sencillo eliminarlo que protegerlo? —dijo ella, y su voz salió más ronca de lo que pretendía.

—Nadie decidió nada en cinco minutos —respondió Nico, y por primera vez en tres días su tono contenía algo que rozaba la intensidad—. Tu padre llegó a esa reunión sabiendo a qué se exponía. No era un inocente que tropezó con algo que no debía ver. Era un hombre que eligió jugar en un tablero que no controlaba.

Ginevra dio un paso hacia él. No fue una decisión consciente, sino el movimiento instintivo de alguien que necesita que la distancia entre las palabras y quien las pronuncia sea menor, como si acortarla pudiera cambiar lo que significan.

—No me hables de mi padre como si lo conocieras —dijo, con una suavidad que era más peligrosa que el grito—. No tienes ese derecho.

—Llevo diez años pagando deudas que él dejó sin saldar —respondió Nico, y su voz descendió hasta un registro que Ginevra sintió más en el pecho que en los oídos—. Eso me da exactamente ese derecho.

Estaban a menos de un metro el uno del otro. La lámpara de latón proyectaba su luz entre ambos como una frontera tenue, el tipo de frontera que existe para ser cruzada. Ginevra podía ver con claridad la cicatriz fina sobre su mandíbula, la tensión en los músculos de su cuello, la manera en que su respiración había cambiado sin que él pareciera darse cuenta. Y supo, con esa parte de sí misma que era más honesta que conveniente, que lo que sentía en ese momento no era solo odio.

Era odio. Era también otra cosa. Y la coexistencia de ambas en su cuerpo al mismo tiempo era la forma más sofisticada de traición que había experimentado en su vida.

Se obligó a retroceder un paso. Luego recogió el documento de la mesa, lo dobló con cuidado y lo guardó dentro del bolsillo interior de su chaqueta, donde Nico pudiera verlo y entender que no pensaba devolverlo.

—¿Tú estabas ahí? —preguntó, mirándolo directamente—. Esa noche. ¿Tú estabas en esa sala?

El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda una persona en decidir si la verdad que va a pronunciar va a destruir algo o a construir algo distinto. Nico no apartó los ojos de los suyos. Su mandíbula se tensó apenas, una grieta mínima en esa superficie de piedra que él llevaba puesta como una segunda piel.

—Sí —dijo finalmente, con una voz que era tan baja que Ginevra casi tuvo que inclinarse hacia él para escucharla—. Pero no fui quien lo mató.

Una pausa. Un segundo que se extendió como una herida.

—Fui quien intentó impedirlo.

Y antes de que Ginevra pudiera procesar esas palabras, antes de que pudiera decidir si eran la verdad o la mentira más elegante que había escuchado en su vida, la puerta del despacho se abrió desde afuera.

Matteo apareció en el umbral, con su sonrisa de costumbre y los ojos moviéndose con rapidez entre los dos, calculando la distancia entre sus cuerpos y la temperatura del aire con la habilidad de alguien que ha aprendido a leer habitaciones para sobrevivir en ellas.

—Qué bonita escena —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Interrumpo algo importante?

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