Capítulo 20: Confesiones que duelen
El silencio entre nosotros es espeso, solo roto por el sonido lejano de nuestros cubiertos contra los recipientes. Masticamos sin ganas, como si la comida fuera solo una excusa para no hablar.
Sin embargo, yo sé que Colín no es de los que callan demasiado tiempo. Su paciencia tiene un límite, y lo descubro cuando finalmente deja los cubiertos a un lado y me mira directo.
—Hace rato —empieza, con la voz firme, pero no molesta—, cuando me agradeciste por hacer