ALMAS DESTINADAS - UN DESCONOCIDO GUAPO
Sarah forcejeó con todo lo que tenía, pero el brazo del hombre era una barra de hierro clavada a su piel. La presión en su muñeca le quemaba, y el miedo —ese miedo primitivo— le subió por la garganta como una náusea que no podía tragar. Intentó girar el cuerpo, zafarse con un movimiento rápido, pero él se pegó más, invadiendo su espacio con el descaro de quien cree que el mundo le pertenece.
—Calma, zorrita… —le murmuró el tipo, demasiado cerca, con ese a