YAMILA KAYA
La madre de Aaron cerró los brazos en puños apretados, en los que las uñas desarregladas tenían que estar desgarrando la carne de la palma de sus manos. Los brazos eran garrotes rígidos junto a su cuerpo, y la impotencia se desprendía por cada poro del anciano cuerpo. Hasta para mí que la conocía poco era visible el tamaño de se enfado y decepción.
—No hice nada que tú consentido no mereciera, doña Génova— simplificó Aaron— Estoy cansado, no pienso discutir esta mañana. Llevo prisa