La mañana llegó llena de quietud, pero aunque ya estaba liberada, mi mente aún no lo aceptaba. Pasé una noche plagada de despertares, sobresaltos que me arrancaban del sueño una y otra vez. Lo único que logró calmarme fue sentir a Viktor a mi lado, su respiración constante como un ancla que me mantenía en este lado de la realidad.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó él, aún soñoliento, con la voz ronca de quien no ha dormido lo suficiente.
—Yo estoy bien —le respondí con una sonrisa suave, más valie