La mañana llegó llena de quietud, pero aunque ya estaba liberada, mi mente aún no lo aceptaba. Pasé una noche plagada de despertares, sobresaltos que me arrancaban del sueño una y otra vez. Lo único que logró calmarme fue sentir a Viktor a mi lado, su respiración constante como un ancla que me mantenía en este lado de la realidad.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó él, aún soñoliento, con la voz ronca de quien no ha dormido lo suficiente.
—Yo estoy bien —le respondí con una sonrisa suave, más valiente de lo que realmente me sentía—. ¿Y tú cómo estás? ¿Por qué no vas a descansar? Y… —hice una pausa. No quería decir su nombre, pero sabía que ella también lo necesitaba—. ¿Por qué no vas con Paula? Estoy segura de que ella…
—No me moveré de aquí —dijo con firmeza, interrumpiéndome.
—Tienes que hacerlo —insistí—. Ella sigue siendo la madre de tu hijo, y no estaré tranquila sabiendo que mientras yo estoy aquí, ella está sola. Así que, por favor, habla con ella, aclara toda tu situación. Yo haré