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El trato que nadie debía conocer

Astraea no volvió a ser la misma después de esa noche.

No porque el dolor hubiera desaparecido —seguía allí, latiendo en su espalda como un recuerdo cruel—, sino porque ahora sabía algo que nunca antes había tenido: no estaba sola.

La presencia había dejado una huella.

No una marca visible, sino una sensación constante, como si algo antiguo respirara con ella, observando a través de sus ojos. No la empujaba. No la dominaba. Esperaba.

Eso era lo más aterrador.

Y lo más poderoso.

Los días siguientes transcurrieron bajo una tensión silenciosa. Astraea volvió a las cocinas, a los pasillos, a las tareas interminables. Nadie mencionó el rechazo. Nadie habló del castigo. Pero todos la miraban distinto.

Algunos con miedo.

Otros con asco.

Kaelen evitaba cruzarse con ella. Killian… no.

Astraea sentía su mirada incluso cuando no estaba presente. Un peso incómodo en la nuca, una inquietud que se colaba bajo la piel. El vínculo roto seguía allí, cicatrizando mal, como una herida que se niega a cerrar.

Aquella tarde, mientras fregaba calderos en silencio, lo sintió de nuevo.

No la presencia antigua.

Otra cosa.

Un aroma que no pertenecía a la manada.

Astraea se tensó.

No era Alpha de Luna Plateada. No era ninguno de los suyos. Era más oscuro. Más afilado. Un olor a bosque profundo y guerra contenida.

Levantó la cabeza.

—¿Qué haces aquí?

La voz masculina surgió desde la entrada de la cocina. Astraea giró bruscamente, con el corazón desbocado.

El hombre que estaba allí no llevaba los colores de ninguna manada conocida. Vestía de negro, con una capa oscura manchada de polvo del camino. Alto. Ancho de hombros. Su presencia llenaba el espacio con una autoridad que no pedía permiso.

Sus ojos eran de un verde frío.

—Busco a la esclava —dijo—. A la que huele a algo que no debería existir.

Astraea dejó el caldero caer al suelo.

El ruido metálico resonó como un disparo.

—No sé de qué hablas —respondió, aunque su voz tembló apenas.

El hombre sonrió de lado.

—Claro que sí.

Avanzó un paso. Luego otro. Astraea retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la mesa de piedra.

—Tranquila —dijo él—. Si quisiera hacerte daño, ya estarías en el suelo.

Eso no la tranquilizó en absoluto.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Noah Blackthorn —respondió—. Alfa de la Frontera Norte.

El nombre le golpeó el pecho.

La Frontera Norte no respondía a ningún Rey Alpha. Eran conocidos por su brutalidad. Por no seguir reglas. Por sobrevivir donde otros morían.

—No deberías estar aquí —dijo Astraea.

—Y tú no deberías oler así —replicó Noah.

Sus ojos se deslizaron sobre ella, deteniéndose en las vendas improvisadas bajo su túnica. Su expresión se endureció.

—Te han castigado.

No era una pregunta.

Astraea apretó los labios.

—Vete —dijo—. Si te encuentran aquí…

—Ya me han encontrado —interrumpió él—. Kaelen sabe que estoy en territorio Luna Plateada.

Eso la sorprendió.

—Entonces… ¿por qué estás aquí?

Noah la observó durante unos segundos en silencio. Luego habló.

—Porque algo despertó hace dos noches. Algo que lleva siglos dormido. Y olía como tú.

El pulso de Astraea se aceleró.

La presencia antigua se removió dentro de ella, atenta.

—No sé de qué hablas —mintió.

Noah rió por lo bajo.

—No te preocupes. No necesito que lo sepas. Solo necesito que aceptes algo.

Se acercó un paso más. Astraea no retrocedió esta vez.

—Kaelen y Killian te romperán —continuó—. No hoy. No mañana. Pero lo harán. Porque te temen. Y los lobos que temen… destruyen.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó ella.

La sonrisa de Noah desapareció.

—Poder.

La palabra cayó entre ellos, honesta y peligrosa.

—Quiero lo que llevas en la sangre —dijo—. Y tú quieres salir viva de aquí.

Astraea sintió un nudo en el estómago.

—¿Un trato? —susurró.

—Exacto.

El aire pareció tensarse.

—Te sacaré de esta manada —continuó Noah—. Te entrenaré. Te protegeré. Nadie volverá a ponerte una mano encima sin perderla.

—¿Y a cambio?

—Cuando llegue el momento —dijo él—, me ayudarás a reclamar lo que me pertenece.

Astraea recordó la voz de la noche anterior.

No te ayudaré a huir. Te ayudaré a sobrevivir.

—¿Y si digo que no? —preguntó.

Noah la miró fijamente.

—Entonces morirás aquí.

No había amenaza en su tono. Solo certeza.

Astraea cerró los ojos un segundo. Vio el rostro de Kaelen, su sonrisa cruel. Sintió los latigazos. El rechazo. El suelo frío de la celda.

Cuando los abrió, algo nuevo brillaba en ellos.

—Acepto —dijo—. Pero con una condición.

Noah arqueó una ceja.

—Habla.

—No me marcarás —afirmó—. No seré propiedad de nadie.

El Alfa la estudió con atención. Luego, para su sorpresa, asintió.

—No necesito marcarte —respondió—. Cuando llegue el momento… tú elegirás.

Extendió la mano.

Astraea dudó apenas un segundo antes de tomarla.

El contacto fue eléctrico.

El aire estalló en energía contenida. La presencia antigua rugió de aprobación en lo profundo de su ser.

Noah entrecerró los ojos.

—Interesante —murmuró—. Muy interesante.

Soltó su mano.

—Prepárate —dijo—. Partimos esta misma noche.

Astraea asintió.

Mientras Noah se alejaba, una sombra se movió al otro lado del pasillo.

Killian observaba desde la oscuridad, con los puños apretados y el pecho ardiendo.

No sabía por qué.

Solo sabía una cosa.

Astraea se le estaba escapando.

Y por primera vez… el miedo no era de ella.

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