5

El entrenamiento comenzó al amanecer del día siguiente.

Los músculos de Seraphine aún protestaban por los efectos del purificador, y cada movimiento enviaba ecos de dolor a través de su cuerpo. Pero cuando Vex apareció en la puerta de su habitación, vestido con ropa de entrenamiento y con una expresión que no toleraba excusas, supo que las quejas no serían escuchadas.

—Levántate —ordenó sin preámbulo—. Tienes cinco minutos para estar en el patio de entrenamiento.

No esperó su respuesta. Simplemente se dio la vuelta y se fue, dejando claro que su puntualidad era su problema, no el suyo.

Seraphine llegó al patio con treinta segundos de sobra, jadeando por el esfuerzo de correr. Vex ya estaba allí, observando cómo el sol naciente teñía el cielo de tonos naranjas y púrpuras.

—Bien. Al menos puedes seguir instrucciones simples.

Se volvió hacia ella, y por primera vez pudo verlo completamente en su elemento. No era el líder calculador de su estudio ni el estratega frío que había negociado su acuerdo. Este era Vex el guerrero, el sobreviviente de doscientos años de batallas.

—Antes de que podamos trabajar en despertar tus poderes, necesitas fundamentos. Tu cuerpo es débil. Tus reflejos son lentos. Y tu forma es desastrosa.

Cada crítica fue pronunciada con la objetividad de alguien evaluando ganado en el mercado.

—En las próximas semanas, vamos a romper cada mal hábito que has desarrollado y reconstruirte desde cero. Será brutal. Será agotador. Y habrá días en que me odiarás más de lo que odias a tu hermana.

—Eso es imposible —respondió Seraphine.

Una sonrisa fantasmal cruzó los labios de Vex.

—Ya veremos.

Los primeros días fueron una pesadilla que hacía que su tiempo con Kaelen pareciera vacaciones. Vex no creía en el calentamiento gradual o en construir resistencia lentamente. Arrojó a Seraphine directamente al infierno y esperó que nadara o se ahogara.

Corridas al amanecer que dejaban sus pulmones ardiendo. Ejercicios de fuerza que hacían que sus brazos temblaran tanto que apenas podía sostener una cuchara para comer. Simulacros de combate contra guerreros que no tenían piedad, que la derribaban una y otra vez hasta que el sabor de sangre y tierra se volvió familiar.

Y a través de todo, Vex observaba. Corrigiendo su postura con toques bruscos. Gritando instrucciones cuando su forma se volvía perezosa por el agotamiento. Empujándola más allá de lo que creía eran sus límites físicos.

—¡Otra vez! —rugió cuando Seraphine falló en bloquear un golpe por décima vez consecutiva—. ¿Crees que Kaelen te dará un descanso cuando estés en el campo de batalla? ¿Crees que tu hermana mostrará misericordia porque estás cansada?

Seraphine se puso de pie con piernas temblorosas, escupiendo sangre de donde se había mordido el labio.

—No.

—Entonces muévete como si tu vida dependiera de ello. Porque cuando llegue el momento, así será.

Pero no todo era dolor físico. Vex también comenzó a enseñarle sobre estrategia, sobre cómo leer a un oponente, sobre cómo usar el cerebro tanto como los músculos.

—La fuerza bruta solo te llevará hasta cierto punto —le explicó una noche en su estudio, después de una sesión particularmente agotadora—. La verdadera ventaja viene de entender cómo piensa tu enemigo.

Desplegó mapas sobre el escritorio, no de la manada de Kaelen, sino de batallas históricas.

—Mira esto. La Batalla del Bosque Sangriento, hace cincuenta años. El Alfa del Norte tenía el doble de guerreros que su oponente. Todas las ventajas tácticas. Y perdió.

—¿Por qué? —preguntó Seraphine.

—Porque su oponente entendió algo fundamental: el terreno puede ser tan letal como cualquier arma. Usó el bosque mismo como aliado, convirtió cada árbol en una trampa, cada sombra en un lugar de emboscada.

Los dedos de Vex trazaron las líneas de movimiento de tropas con la familiaridad de alguien que había estado allí.

—Cuando enfrentemos a Kaelen, no tendremos la ventaja numérica. Pero tendremos algo mejor: conocimiento íntimo de sus debilidades y la capacidad de convertir ese conocimiento en victoria.

Seraphine pasó horas en ese estudio, aprendiendo sobre tácticas militares, sobre política tribal, sobre cómo funcionaba realmente el mundo de las manadas más allá de las mentiras románticas que le habían contado de niña.

Y lentamente, su cuerpo comenzó a cambiar.

Los músculos que antes habían sido suaves por años de vida sedentaria como Luna se volvieron fibrosos y fuertes. Los reflejos que habían sido torpes se afinaron. Su resistencia aumentó hasta el punto donde podía completar las corridas matutinas sin sentir que sus pulmones explotarían.

Pero había algo más sucediendo, algo que ni Vex ni Seraphine habían anticipado completamente.

Fue durante una sesión de combate cuerpo a cuerpo, tres semanas después del inicio del entrenamiento, cuando lo sintió por primera vez. Estaba luchando contra uno de los guerreros de élite de Vex, un hombre que la superaba en tamaño y experiencia. La había derribado cuatro veces, y la frustración había comenzado a convertirse en algo más oscuro.

—Patético —se burló el guerrero mientras Seraphine se ponía de pie de nuevo—. El Alfa trajo una mascota, no una Luna.

La ira floreció en el pecho de la joven, caliente y feroz. Y con ella, algo más. Un poder que había estado durmiendo, esperando.

Cargó de nuevo, pero esta vez algo era diferente. Sus movimientos eran más rápidos, más fluidos. Cuando el guerrero lanzó un puño hacia su cara, no solo lo bloqueó; lo atrapó, sintiendo la fuerza en sus dedos que no debería haber estado allí.

La sorpresa en los ojos del hombre fue gratificante. La forma en que retrocedió cuando Seraphine contraatacó fue aún mejor.

Lo derribó. Por primera vez en tres semanas de entrenamiento constante, puso a un oponente en el suelo.

El patio se quedó en silencio. Todos los guerreros que habían estado entrenando se detuvieron para observar. Y Vex, que había estado supervisando desde el borde del área, se acercó con pasos medidos.

—Otra vez —ordenó.

—¿Qué? —preguntó Seraphine.

—Derriba a Marcus otra vez. Quiero ver si fue suerte o si realmente ha despertado algo.

El guerrero, Marcus, se puso de pie con una expresión que mezclaba respeto e irritación. Esta vez no subestimó a Seraphine. Vino hacia ella con toda su habilidad, sin contenerse.

Y la joven descubrió que podía seguirle el ritmo.

No ganó, intercambiando golpes durante casi cinco minutos, cada uno buscando una abertura. Pero no perdió. Y para alguien que tres semanas atrás apenas podía mantenerse en pie, eso era un milagro.

—Suficiente —la voz de Vex cortó el combate—. Marcus, buen trabajo. Seraphine, conmigo.

Vex llevó a Seraphine lejos del patio, hacia un área más privada rodeada de árboles antiguos.

—¿Sentiste algo diferente durante ese combate? —preguntó.

No tenía sentido negarlo.

—Sí. Era como si... como si hubiera algo moviéndose bajo mi piel. Queriendo salir.

—Tu lobo interior está despertando. El entrenamiento físico, combinado con la purificación del veneno, ha comenzado a liberar lo que tu hermana suprimió.

Vex se acercó, estudiando el rostro de Seraphine con esa intensidad característica.

—Pero aún no está completamente despierto. Necesitas un catalizador más fuerte.

—¿Como qué?

—Como esto.

Sin previo aviso, Vex se transformó. Pero no completamente en lobo, sino en algo intermedio. Su forma se expandió, músculos ondulando bajo piel que de repente estaba cubierta de pelo oscuro. Sus ojos se volvieron dorados y salvajes, y cuando abrió la boca, reveló colmillos que podrían desgarrar acero.

—Corre —gruñó con una voz que era mitad humana, mitad bestia.

El cuerpo de Seraphine reaccionó antes que su mente. Se dio la vuelta y corrió hacia los árboles, el corazón martilleando en su pecho. Detrás de ella, escuchó el sonido de garras golpeando la tierra mientras Vex la perseguía.

No era una persecución amistosa. Era depredador y presa, primitivo y aterrador. Y en algún lugar profundo de su ser, algo respondió a eso.

Vex la alcanzó en segundos, derribándola con una fuerza que le dejó sin aliento. Rodaron por el suelo forestal, y cuando finalmente se detuvieron, él estaba encima de ella, sus garras a cada lado de su cabeza, su rostro transformado a centímetros del suyo.

—Lucha —ordenó—. Deja que tu lobo luche.

La ira que había estado hirviendo bajo la superficie de Seraphine durante semanas finalmente hirvió. Gritó, y en ese grito había algo más que frustración humana. Era un aullido, primitivo y salvaje.

Y su cuerpo respondió.

El dolor llegó primero, agudo e intenso, mientras sus huesos comenzaron a cambiar. Sus manos se convulsionaron, garras brotando donde antes había habido uñas humanas. Su visión se agudizó, colores volviéndose más brillantes, olores más intensos.

La bestia que había dormido en las profundidades de su alma durante años finalmente había despertado por completo.

Seraphine empujó a Vex con una fuerza que sorprendió tanto a él como a ella misma. El Alfa se apartó rodando, y cuando la joven se puso de pie, sintió el poder corriendo por sus venas como fuego líquido.

Cada centímetro de su carne parecía vibrar con una energía salvaje que pedía a gritos ser liberada. Apretó los puños experimentando, esperando el dolor familiar de las uñas clavándose en sus palmas, pero en su lugar solo sintió la solidez del acero. Su cuerpo ya no respondía a las limitaciones humanas.

Un rugido escapó de su garganta, y el sonido reverberó a través del bosque, asustando pájaros de los árboles.

Vex se transformó de vuelta a su forma humana, pero no se acercó. Permaneció donde estaba, observando a Seraphine con una mezcla de satisfacción y algo que podría haber sido asombro.

—Por fin despierta —murmuró, su voz baja y desprovista de emoción, pero con un matiz de aprobación.

Seraphine no respondió con palabras. En su lugar, levantó la cabeza bruscamente para mirarlo directamente a los ojos, un desafío que habría sido impensable solo minutos antes.

Por un momento, Vex vio algo que lo sorprendió tanto como a ella: un destello de asombro genuino. La mayoría de los lobos tardaban años en acceder a este nivel de transformación. Seraphine lo había hecho en cuestión de segundos, impulsada por semanas de entrenamiento brutal y la furia que había estado alimentando desde su caída.

—Interesante —dijo finalmente—. La mayoría de los lobos tardan años en acceder a este nivel de transformación. Tú lo has hecho en cuestión de segundos.

Seraphine sintió sus labios curvarse en algo que no era exactamente una sonrisa.

—Quizás es que tenía más que recuperar que la mayoría.

A partir de ese día, el entrenamiento cambió completamente. Vex abandonó las lecciones básicas en favor de algo mucho más sofisticado y letal. Ya no se trataba solo de aprender a pelear; ahora le enseñaba a canalizar el poder primitivo que corría por sus venas, a convertirlo en un arma controlada.

—El odio puede impulsarte, pero no debe controlarte —le dijo durante una sesión particularmente intensa, mientras bloqueaba un ataque que ella había lanzado con suficiente fuerza como para derribar un árbol—. Un guerrero dominado por la ira es predecible. Un guerrero que controla su ira es letal.

El entrenamiento se volvió más personal también. Vex ya no delegaba la instrucción de Seraphine a otros; cada sesión era dirigida por él personalmente. Durante el combate cuerpo a cuerpo, la inmovilizaba con movimientos que habrían sido imposibles de escapar semanas atrás, forzándola a encontrar maneras creativas de liberarse.

—Debes aprender a manejar este poder con moderación —mantenía las muñecas de Seraphine firmemente sujetas, su rostro a centímetros del suyo, su voz fría pero no cruel—. De lo contrario, te consumirá como ha consumido a tantos otros antes que tú.

Pero Seraphine ya no era la misma mujer que había aceptado su ayuda semanas atrás. El despertar de su lobo había traído consigo una confianza feroz que se negaba a ser intimidada. Tensó todos los músculos de su cuerpo, sintiendo cómo el poder lobuno respondía a su llamada, y utilizó el impulso para lanzar un contraataque que tomó a Vex por sorpresa.

La velocidad de la joven era sobrehumana ahora. Donde antes sus golpes habían sido torpes y predecibles, ahora eran fluidos como el agua y precisos como cuchillas. Su fuerza había aumentado exponencialmente, pero más importante aún, sus instintos se habían afinado hasta el punto donde podía anticipar los movimientos de su oponente casi antes de que los hiciera.

Vex bloqueó el ataque de Seraphine, pero no sin esfuerzo. Por primera vez desde que había comenzado el entrenamiento, tuvo que concentrarse realmente para contrarrestar sus movimientos. Una ceja se alzó ligeramente, y en sus ojos brilló un destello fugaz de algo que parecía peligrosamente cercano a la aprobación.

—Mejor —había algo en su tono que sugería que estaba genuinamente impresionado.

Pero los cambios no se limitaron a las habilidades de combate de Seraphine. Cada día notaba alteraciones sutiles pero significativas en su apariencia física.

Una mañana, mientras se lavaba la cara en el lavabo de su habitación, sintió algo extraño. Al principio fue solo una sensación rara, como si hormigas caminaran bajo su piel. Cuando se miró en el espejo, vio que las llagas purulentas que habían cubierto su rostro durante semanas estaban... cambiando.

No desapareciendo, no todavía. Pero cerrándose, sanando de una manera que iba más allá de lo natural. Donde antes había habido solo tejido necrótico y supurante, ahora había piel nueva creciendo, rosada y fresca.

Las erupciones rojas que se habían extendido por toda su mejilla comenzaron a desvanecerse, retrocediendo como la marea. Gradualmente se dio cuenta de que era nueva carne creciendo donde antes había habido solo tejido cicatrizado.

Seraphine tocó su rostro con dedos temblorosos, apenas atreviéndose a creer lo que veía.

Días pasaron, y la transformación continuó. Las llagas se cerraron completamente, dejando atrás solo las más tenues líneas plateadas. Las erupciones desaparecieron casi por completo, reemplazadas por piel que tenía un brillo saludable que no había visto en meses.

Una mañana, mientras se dirigía al río para su rutina matutina, se detuvo al ver su reflejo en la superficie cristalina del agua. La mujer que la miraba desde las profundidades era reconocible, pero también completamente diferente.

Las cicatrices no habían desaparecido por completo; líneas finas y plateadas corrían desde su sien hasta su mentón, recordatorios permanentes de su calvario. Pero su rostro había recuperado la estructura ósea elegante que había heredado de su madre. Los pómulos altos, la mandíbula definida, los ojos que alguna vez Kaelen había llamado hermosos antes de que todo se volviera amargo.

Sin embargo, había algo más en sus ojos que no había estado allí antes. Una dureza, una ferocidad apenas contenida que hablaba de todo lo que había perdido y todo lo que estaba dispuesta a hacer para recuperarlo. Ya no era la Luna ingenua que había tratado de salvar su matrimonio con un amuleto. Era algo nuevo, algo forjado en traición y templado en ira.

—Tu transformación progresa más rápido de lo que anticipé.

La voz de Vex hizo que Seraphine se volviera. Estaba parado a unos metros de distancia, observándola con esa intensidad característica. Pero había algo diferente en su expresión hoy. Algo más suave que la evaluación clínica habitual.

—¿Es eso bueno o malo? —preguntó ella.

—Depende enteramente de lo que hagas con ella.

Vex se acercó hasta estar lo suficientemente cerca como para tocar el rostro de Seraphine. Sus dedos trazaron las líneas plateadas que marcaban su mejilla, el contacto sorprendentemente gentil viniendo de un hombre que había pasado las últimas semanas lanzándola contra el suelo.

El toque envió una corriente eléctrica a través de la piel de Seraphine que no tuvo nada que ver con sus nuevos poderes. Era algo más confuso, más complicado.

—Las cicatrices le dan carácter a un guerrero —dijo Vex suavemente—. Las tuyas cuentan una historia de supervivencia que pocos pueden reclamar.

Seraphine sintió algo revolverse en su estómago ante sus palabras, una reacción que no sabía cómo interpretar. Había estado tan enfocada en su transformación física que había ignorado los cambios más sutiles en la dinámica entre ellos.

Durante las largas horas de entrenamiento, había comenzado a notar pequeñas cosas. La forma en que los ojos de Vex se demoraban en ella un segundo más de lo necesario cuando completaba un ejercicio particularmente difícil. El tono casi imperceptiblemente más suave de su voz cuando le daba instrucciones después de una sesión agotadora. La manera en que su mano se demoraba cuando corregía su postura.

Y ella... había comenzado a anticipar esos momentos. A buscarlos incluso mientras se decía a sí misma que era solo porque necesitaba su aprobación para progresar en su entrenamiento.

—¿Estás lista para el siguiente paso? —preguntó Vex, apartando su mano del rostro de Seraphine pero sin alejarse completamente.

—¿Qué siguiente paso?

—Has dominado los fundamentos del combate. Tu lobo interior ha despertado. Ahora necesitas aprender a canalizar tus poderes curativos.

Vex caminó hacia el río, señalando las plantas que crecían en la orilla.

—Tu sangre hizo crecer hierba marchita. Eso sugiere que tu poder no se limita a curar envenenamiento por acónito. Podrías tener la capacidad de manipular la vida vegetal misma.

—¿Cómo se supone que aprenda algo así?

—Experimentando. Probando límites. Fallando hasta que tengas éxito.

Vex se sacó un cuchillo del cinturón y lo extendió hacia Seraphine.

—Córtate la palma. Deja que tu sangre caiga sobre esas flores marchitas allí.

Seraphine miró el cuchillo, luego las flores medio muertas cerca de la orilla del río.

—¿Y si no funciona?

—Entonces intentaremos otra cosa. Pero creo que funcionará. Tu linaje no despierta sin razón.

La joven tomó el cuchillo y, antes de poder reconsiderarlo, hizo un corte rápido a través de su palma. El dolor fue agudo pero tolerable. Sangre roja brillante brotó inmediatamente, goteando sobre las flores marchitas.

Por un momento, nada pasó. Luego, las flores comenzaron a temblar.

Seraphine observó, fascinada, mientras pétalos que habían estado marrones y rizados se enderezaban, su color volviéndose más brillante. Los tallos se fortalecieron, creciendo más altos ante sus ojos. En cuestión de segundos, las flores que habían estado al borde de la muerte florecieron con una vitalidad que desafiaba toda lógica.

—Extraordinario —murmuró Vex, acercándose para observar mejor—. No solo curaste las plantas. Las mejoraste. Eso va más allá de simple curación.

Seraphine miró su palma. El corte ya se estaba cerrando, sanando a un ritmo sobrenatural.

—¿Qué significa esto?

—Significa que tu hermana tenía muy buenas razones para temer tus poderes. Y significa que cuando enfrentemos a Kaelen, tendrás ventajas que él nunca anticipará.

Vex se volvió hacia Seraphine, y la intensidad en sus ojos era casi abrumadora.

—Los mapas, Seraphine. Ahora que has completado tu entrenamiento básico y tus poderes han comenzado a despertar, es hora de que cumplas tu parte del acuerdo. Necesito esos mapas de la manada de Kaelen.

El recordatorio de por qué estaba allí, de cuál era el verdadero propósito de todo este entrenamiento, cayó sobre ella como agua fría.

—Los tendré listos en tres días.

—Bien. Porque el consejo tribal es en dos semanas. Y para entonces, necesito conocer cada debilidad de Kaelen, cada punto vulnerable que pueda explotar.

Había algo diferente en el tono de Vex ahora. Ya no era el instructor paciente. Era el general planificando una guerra.

—¿Y después? —Las palabras salieron de Seraphine antes de que pudiera detenerlas—. Después de que tengamos los mapas, después del consejo tribal, después de que destruyamos a Kaelen... ¿qué pasa con nosotros?

Vex miró a Seraphine durante un largo momento, su expresión imposible de descifrar.

—Eso depende enteramente de ti, pequeña loba. Nuestro matrimonio es contractual, recuérdalo. Cuando termine nuestra venganza contra Kaelen, serás libre de irte si así lo deseas.

—¿Y si no deseo irme?

La pregunta quedó suspendida en el aire entre ellos, cargada de implicaciones que ninguno de los dos estaba listo para examinar completamente.

—Entonces cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.

Vex se alejó, pero se detuvo después de unos pasos.

—Descansa hoy. Mañana comenzaremos a trabajar en los mapas juntos. Quiero asegurarme de que cada detalle sea correcto.

Seraphine lo observó alejarse, consciente de que algo fundamental había cambiado entre ellos durante estas semanas de entrenamiento brutal.

Ya no era solo un acuerdo transaccional. Había algo más creciendo en los espacios entre los golpes y las lecciones, entre los momentos de ira controlada y los destellos de aprobación.

Algo peligroso.

Algo que podría complicar todo.

 

 

 

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