Mundo ficciónIniciar sesiónA veces, el mayor acto de amor es destruir tu propia vida para salvar el alma de otro.
La habitación de Kael olía a cuero y cedro, a los años que había pasado construyendo una vida que ahora empacaba en dos maletas modestas. Veinticuatro horas después del duelo, sus manos se movían con precisión mecánica, doblando camisas, enrollando mapas, guardando armas que probablemente nunca usaría. El exilio no era una aventura. Era una muerte lenta, deliberada, donde cada paso lejos del territorio era un corte más en la carne de su identidad.
La puerta se abrió sin previo aviso. Kael no necesitó voltear para saber quién era—el aroma a lavanda y dolor le llegó antes que sus pasos.
—¿Por qué lo hiciste? —La voz de Verónica tembló como una cuerda a punto de romperse—. ¿Por ella?
Kael cerró la maleta con un







