La emoción me golpeó como tsunami, destruyendo cada una de las defensas de Sera como si fueran castillos de arena ante el océano. Algo en ver a mi padre—este hombre que había existido solo como concepto abstracto, como ausencia que había definido toda mi vida—desató una fuerza dentro de mí que ni siquiera mil años de voluntad antigua podían contener.
Sentí a Sera retroceder, no por elección sino por pura necesidad de supervivencia, mientras yo tomaba control de nuestro cuerpo por primera vez de