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El aire de la mañana olía a pino húmedo y tierra removida cuando escapé del salón principal. Necesitaba silencio. Necesitaba escapar de las miradas evaluativas, de los susurros que seguían cada uno de mis movimientos desde la ceremonia de purificación de la noche anterior. Incluso después de curar a media docena de guerreros envenenados, seguía siendo la forastera marcada que no terminaban de aceptar.

El río corr&iac

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