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Cuando asesinos dejan firmas, no buscan ocultarse—buscan ser encontrados.

Vex estudió el sexto cadáver con la misma metodología clínica que había aplicado a los cinco anteriores, pero la familiaridad con el patrón no hacía el espectáculo menos grotesco. El guerrero—apenas veintitrés años, promesa del territorio—yacía en el claro del bosque como un pergamino arrugado, su piel traslúcida

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