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Destino no pregunta permiso—simplemente ES, y Ananke era Destino hecho carne.

La figura emergió completamente de la luz dorada que había consumido la cámara, y cada alma presente sintió el peso de su presencia como una montaña invisible aplastando sus pechos. No era simplemente poder lo que emanaba de ella—era inevitabilidad, la certeza absoluta de que todo lo que era, todo lo que sería, fluía a través de esta criatura

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