El bosque se extendía sin fin delante de ellos, envuelto en una densa niebla que parecía moverse como un ser vivo. El aire olía a hojas en descomposición, a peligro y a lluvia antigua, y las ramas crujían bajo el peso del viento. Aria marchaba calladamente, con la capucha de su abrigo rasgado ocultándole la cara; Nerya y Eidan lo seguían, pendientes de cualquier sonido. Estaban alejados de Ravendale desde hacía tres días. Tres días habían pasado desde que escaparon en plena noche, abandonando l