C8: QUIERO TENERTE.

Asherad comenzó a avanzar hacia ella sin pronunciar una sola palabra. Sus pasos eran lentos, medidos, y ese silencio resultaba mucho más inquietante que cualquier reproche o pregunta directa. África permaneció en su sitio, erguida, sin atreverse a retroceder, pero su cuerpo empezó a tensarse de manera involuntaria. Con cada paso que él daba, una sensación extraña le recorría la espalda.

Aquel comportamiento no era habitual en el Alfa. Asherad no solía invadir su espacio de ese modo, ni observarla con aquella atención. Todo aquello le indicaba que no se trataba de una visita común.

A medida que la distancia entre ambos se reducía, África sintió cómo el ambiente parecía volverse más pesado. No sabía cómo reaccionar. No estaba acostumbrada a que él se acercara sin un motivo explícito, sin una orden, sin una intención claramente definida.

Su mente buscó una respuesta adecuada, una frase que no sonara desafiante ni temerosa, algo que le permitiera ganar tiempo sin provocar su irritación. Tragó saliva y, con extremo cuidado, habló.

—Alfa… ¿se encuentra usted bien? —preguntó, manteniendo la voz baja y controlada, sin alzar el tono ni mostrar inquietud abierta.

Asherad no respondió. Continuó avanzando hasta quedar lo suficientemente cerca como para que África pudiera sentir el calor de su cuerpo. Entonces, de manera abrupta, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, presionándola contra su pecho con firmeza.

El contacto fue inmediato, invasivo, y África se congeló al instante. Su cuerpo se tornó rígido, como si cualquier movimiento pudiera ser interpretado como una provocación o un error fatal.

Asherad seguía sin decir nada. La sostenía allí, a escasos centímetros de su rostro, mientras sus ojos dorados se clavaban en ella con una intensidad inquietante. No había ira evidente en su expresión, pero tampoco suavidad. Era una mirada escrutadora, penetrante, como si estuviera buscando algo en su rostro.

El Alfa la observó en silencio, y por primera vez tuvo la sensación de que realmente la estaba viendo. No como la Luna del Clan, no como la esposa que le habían asignado por conveniencia y deber, sino como una loba frente a él, de carne y hueso.

Su mirada descendió con una lentitud inusual, deteniéndose en cada rasgo, como si estuviera memorizándolos. África tenía unos ojos verdes intensos, de un tono profundo que recordaba a la esmeralda pulida. Eran grandes, expresivos, enmarcados por pestañas largas que suavizaban la firmeza de su mirada. Su cabello oscuro caía en una cascada espesa y sedosa, tan largo que sobrepasaba con holgura sus caderas, cuidadosamente arreglado, sin un solo mechón fuera de lugar.

Su rostro era delicado, marcadamente femenino, con facciones armoniosas que hablaban de una belleza cultivada con esmero. La piel pálida, casi translúcida, revelaba el cuidado obsesivo que África tenía con su apariencia; evitaba el sol, protegía cada centímetro de su cuerpo como correspondía a la Luna del Clan Asgard.

Sus labios, naturalmente rosados, contrastaban con la blancura de su piel, y no había en ella cicatrices visibles ni imperfecciones notorias. Todo en África parecía responder a un ideal cuidadosamente construido, pulido con los años para cumplir el rol que se le había impuesto. Era, sin lugar a dudas, una loba hermosa.

Sin embargo, aquella constatación no venía acompañada del deslumbramiento que otros habrían sentido. Asherad siempre había estado rodeado de lobas bellas; la hermosura nunca había sido un factor decisivo para él. Con África, en particular, su trato había sido siempre distante y frío. Nunca se había detenido a observarla así, con tanta atención, porque jamás le había importado hacerlo. Pero en ese instante, se detuvo a observarla con minuciosidad.

—Eres una loba hermosa —manifestó de repente—. Pero eso no hará que te perdone el hecho de que me hayas abandonado en cuanto me quedé dormido.

El corazón de África comenzó a latir con fuerza dentro de su pecho. Se quedó completamente muda, incapaz de articular una respuesta. Nunca antes había escuchado algo así de labios de Asherad, y mucho menos con aquella cercanía, con esa mirada que parecía atravesarla. 

Desde debajo de la cama, Sigrid escuchó aquellas palabras y sintió cómo algo se le hundía en el pecho, como una punzada seca y repentina que le robó el aliento. El mismo lobo que la había tomado la noche anterior, que había despertado en ella sensaciones desconocidas pero placenteras, ahora estaba de pie frente a otra mujer diciéndole que era hermosa.

Aquello le dolió más de lo que hubiera querido reconocer. Asherad jamás le diría algo así a ella. Sigrid lo sabía con una certeza cruel. Su rostro marcado por cicatrices, aquella deformidad que la acompañaba desde que tenía memoria, la convertía en algo que nadie miraba con deseo. Si Asherad llegaba a verla, pensó con un nudo en la garganta, probablemente se asustaría, quizá sentiría asco. La idea le apretó el pecho y tuvo que morderse el labio para no dejar escapar ningún sonido.

África estaba atrapada en una confusión que la desbordaba. El comentario la había emocionado, había hecho que su corazón se acelerara de una manera inesperada, pero al mismo tiempo no lograba comprender ese cambio repentino en Asherad.

Aquella cercanía, esa atención, no se parecían en nada al trato frío y distante al que estaba acostumbrada. Lo observaba sin saber qué decir, sin saber cómo reaccionar, mientras su mente trataba de encontrar una explicación lógica que no llegaba.

Asherad, por su parte, respiró hondo. Su pecho se elevó y descendió de forma marcada, y sus ojos dorados permanecieron incrustados en África mientras su voz rompía el silencio.

—Quiero tenerte… lo necesito —expresó, con una intensidad que hizo que África quedara perpleja.

Sin darle tiempo a responder, la condujo hacia atrás con un movimiento firme. África, todavía aturdida, no fue capaz de oponerse ni de formular una palabra; simplemente se dejó llevar. Sus piernas cedieron cuando el borde de la cama tocó la parte posterior de sus rodillas, y terminó recostándose sobre el colchón.

Debajo de la cama, Sigrid sintió el leve rebote cuando el peso cayó sobre ella. Se llevó una mano a la boca de inmediato, presionándola con fuerza para sofocar cualquier reacción involuntaria. No podía creer lo que estaba ocurriendo. La idea de que Asherad pudiera tener sexo con África, mientras ella permanecía escondida a escasos centímetros, le pareció una locura absoluta. 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Alexa Writerme encanta, una gemela buena y la otra mala se ve muy buena ...️
Isa FeeCómo le pueden pasar tantas cosas, nooo puedo, tengo que seguir leyendo
Bia NovaEspero que el alfa descubra toda la verdad. Esa África no me agrada.
Emily RoseUy quiero tenerte, bien posesivo. Facsinate.
Diana C. AcostaVa buenísima esta novela.
Escanea el código para leer en la APP