—Ya te he dicho que no tengo ninguna amante —replicó Asherad—. Pero si continúas comportándote de esta manera, no dudes de que podría buscar una.
África sintió una presión intensa en el pecho, como si el aire se le hubiera vuelto de pronto demasiado pesado. Enderezó la espalda, aferrándose a lo poco que le quedaba de dignidad, y respondió con determinación.
—No permitiré que nadie más se haga cargo de mi hijo —afirmó—. Su madre soy yo.
Asherad ladeó ligeramente la cabeza, observándola con una m