—Ya te he dicho que no tengo ninguna amante —replicó Asherad—. Pero si continúas comportándote de esta manera, no dudes de que podría buscar una.
África sintió una presión intensa en el pecho, como si el aire se le hubiera vuelto de pronto demasiado pesado. Enderezó la espalda, aferrándose a lo poco que le quedaba de dignidad, y respondió con determinación.
—No permitiré que nadie más se haga cargo de mi hijo —afirmó—. Su madre soy yo.
Asherad ladeó ligeramente la cabeza, observándola con una mirada fría y analítica.
—Estoy seguro de que su madre, en este preciso momento, no tiene la menor idea de dónde se encuentra su hijo —resaltó—. Dime, África, ¿dónde está Damián? Porque no lo veo en esta habitación.
África apartó la mirada y tragó saliva, consciente de que había quedado expuesta.
—Está con una criada mía —admitió—. Estaba llorando mucho y pensé que un paseo le haría bien.
—¿Está con una criada, dices? —cuestionó el Alfa.
África asintió con rigidez.
—Tienes razón —agregó Asherad—.