Permanecieron allí unos instantes más, detenidos en medio del pasillo, como si el mundo hubiera quedado en pausa. Ambos necesitaban recuperar el aliento, volver a sentir el suelo bajo los pies, asimilar lo que acababa de ocurrir. Sobre todo Asherad, que había cedido por completo a sus impulsos, dejándose arrastrar sin freno alguno. Poco a poco comenzó a separarse de ella, con movimientos lentos, sin saber muy bien cómo mirar a la joven loba que tenía enfrente.
Sigrid seguía jadeando, con el pecho subiendo y bajando con vehemencia, y el corazón desbocado golpeándole con fuerza. Asherad no estaba en mejor estado: respiraba por la boca, igual que ella, con los labios entreabiertos y el pulso todavía acelerado.
Tragó saliva, pasándose una mano por el pelo, mientras el silencio se imponía entre ambos. No dijeron nada. Solo se escuchaban sus respiraciones entrecortadas, ese eco íntimo que delataba lo ocurrido.
Fue entonces cuando el Alfa se dio cuenta de algo que lo inquietó aún más. A pesa