Después de deshacerse del vestido de Sigrid, África dio otra orden.
—Entren en su habitación. Quiero que saquen toda la ropa que esté en el armario.
Las criadas obedecieron de inmediato. Sin cuestionar la orden, se apresuraron a entrar a la habitación de Sigrid y comenzaron a sacar uno por uno los vestidos que colgaban en el clóset, aquellos que Asherad le había regalado y que simbolizaban una posición que muchas de ellas nunca le habían perdonado. Tomaron las prendas con manos rápidas y casi ansiosas, acumulándolas sin cuidado, como si el simple acto de arrancarlas de su lugar fuera ya una forma de castigo.
Mientras tanto, África aferró a Sigrid del brazo con fuerza suficiente para obligarla a incorporarse. La levantó sin miramientos y la empujó a avanzar, marcando el ritmo con tirones bruscos cada vez que Sigrid dudaba o se retrasaba.
—Muévete —le decía con frialdad cada pocos pasos.
Sigrid caminaba forzada, con el cuerpo tenso y la mirada baja. El miedo y la humillación le cerraban