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La mañana llegó con ese silencio pesado que precede a las invasiones. Aryanna despertó al sonido de voces masculinas en el pasillo, un murmullo profesional que no debería estar allí a las siete de la mañana. Se incorporó en la cama, el corazón acelerándose con esa ansiedad que se había vuelto su compañera constante, y alcanzó la bata de seda que Silvain había dejado colgada en el respaldo de la silla. C

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