—No voy a oponerme.
Aryanna repitió la frase frente a la taza de café frío.
La había dicho la noche anterior, con el teléfono de Inés en la mano y todas mirándola como si acabara de aceptar una amputación elegante. Ahora, en la cocina de la casa Salvatierra, la frase sonaba peor. Menos heroica. Más vacía.
Sesenta días.
Silvain había pedido ampliar la medida de no contacto.
Treinta no bastaban, dijo.
Treinta podían parecer estrategia.
Sesenta serían distancia real.
Aryanna odiaba que tuviera razó