—No voy a responder como acusada.
Aryanna sostuvo el teléfono de Teresa frente a ella.
La casa Salvatierra seguía con las ventanas abiertas. La cortina amarilla se movía con el aire de la tarde, ofendida por la opinión de Céline y por el polvo que acababa de soltar. En la cocina, la sopa hervía demasiado, pero nadie parecía tener espacio mental para apagarla. Matías permanecía junto a la entrada, con las manos quietas. Rafael estaba en el pasillo, revisando una grieta con más discreción que much