—No, padre. Patético fue creer que encerrando mujeres iba a enseñarme a conservar una.
La frase dejó la sala sin aire.
Lucien no parpadeó al principio. Tenía la mano cerrada sobre el bastón, los nudillos blancos, la boca rígida. El golpe no le había llegado al cuerpo. Le había llegado al trono.
Marianne seguía junto a la ventana, con una mano sobre el pecho y el rostro pálido. No miraba a Lucien. Miraba a Silvain como si acabara de verlo salir de una habitación donde ella lo había dejado niño du