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—No la dejen entrar.

Teresa dijo la frase con una calma que no le pertenecía.

Aryanna se quedó en medio del patio, con el teléfono en una mano y el mensaje de Silvain todavía latiéndole en la cabeza.

Si algún día me permite acercarme de nuevo, no será porque cerré una puerta, sino porque aprendí a quedarme del lado correcto cuando ella la cierre.

Y ahora, en la puerta de su casa, estaba Isolde Beaumont.

Como si el apellido hubiera olido el primer intento de paz y hubiera venido a mancharlo con p
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