—No digas eso.
Aryanna apartó la mirada del teléfono.
Emilia seguía sentada en la silla del patio, envuelta en la cobija de Rafael, con el cabello suelto y los ojos demasiado despiertos para alguien que apenas había dormido.
—La de mujer que salió de una jaula y acaba de descubrir que dejó el corazón golpeando contra la puerta.
La frase seguía allí, entre las macetas, más viva que el sol de la mañana.
Aryanna apretó el celular hasta que la pantalla se apagó.
—No dejé nada.
Emilia la observó en s