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―Y si su ausencia ya no es abandono, entonces mi deseo ya no tiene dónde esconderse sin mentir.

Emilia abrió la boca.

La cerró.

Eso asustó más a Aryanna que cualquier sermón.

Céline, en cambio, miró el sobre rojo en la repisa junto a la puerta del patio, luego miró a Aryanna y levantó su taza como si estuviera brindando en un funeral elegante.

―Bienvenida al infierno de las mujeres que ya

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