39

El apartamento olía a humedad y abandono. Isabella cerró la puerta con el pie mientras sostenía el peso de León contra su cuerpo. La sangre había empapado la camisa de ambos, formando una segunda piel pegajosa y caliente que se enfriaba con cada minuto que pasaba.

—Aguanta —susurró ella, arrastrándolo hasta el sofá desgastado—. Por favor, aguanta.

León apenas respondió con un gruñido. Su rostro, normalmente impenetrable, se había convertido en una máscara de dolor. La herida en su costado no de
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