Isabella
El silencio que siguió a su revelación fue como un cristal suspendido en el aire, a punto de estrellarse contra el suelo. Podía sentir cada latido de mi corazón martilleando contra mis costillas mientras observaba a León, inmóvil frente a mí. Su rostro, normalmente impenetrable, mostraba grietas que nunca había visto antes.
—¿Qué sabes exactamente de Aurora? —exigí, mi voz más firme de lo que me sentía por dentro—. Y no me vengas con medias verdades o acertijos. Se acabaron los juegos.