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El silencio que siguió al ataque era casi tan violento como el ataque mismo. Sentada en el sofá de la sala segura, observaba a León moverse por la habitación con esa precisión mecánica que adoptaba cuando su mente trabajaba a toda velocidad. Sus nudillos seguían magullados, con costras de sangre seca que no se había molestado en limpiar. No era su sangre, y ambos lo sabíamos.

—Necesitamos hablar de lo que pasó —dije finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros desde h
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