El techo era diferente. Fue lo primero que Isabella notó al abrir los ojos. No era el mismo techo blanco con molduras elegantes que había contemplado durante días. Este era más bajo, con vigas de madera oscura que cruzaban de lado a lado, creando sombras que bailaban con la tenue luz que se filtraba por una ventana más pequeña.
Se incorporó de golpe, desorientada. La habitación entera había cambiado. Ya no estaba en aquel espacio amplio y frío que, pese a su lujo, siempre le había recordado a un