El sol matinal se filtraba a través de las ramas, tiñendo el bosque de tonos dorados. La brisa jugaba con mi cabello mientras permanecía tendida sobre la hierba, con la cabeza apoyada en el pecho de Eirik. Su piel era cálida bajo mis dedos, su respiración pausada, tranquila. Como si el mundo no estuviera en nuestra contra.
Pero lo estaba.
Nos habíamos atrevido a cruzar la frontera prohibida. La aldea de los lobos no era un lugar par