El aire se espesó, pesado como si una tormenta invisible nos envolviera. Mi corazón latía con fuerza, cada latido retumbando en mis oídos mientras miraba los rostros que alguna vez conocí, ahora vacíos.
Ellas se veían como nuestras madres, pero en sus ojos no había amor, sino el eco de la oscuridad que nos rodeaba.
Eirik tensó la mandíbula. Su agarre en mi muñeca se volvió más firme, su cuerpo ligeramente adelantado en una postura protectora.
—No son ell