Regresé a la aldea sintiéndome vacía, como si el bosque se hubiera llevado algo vital de mí. Mis pasos eran torpes, y el aire frío de la noche parecía clavarse en mi piel.
Apenas crucé el umbral de mi tienda, las lágrimas que había intentado contener brotaron como un torrente. Me desplomé en los cojines, abrazándome las piernas mientras sollozaba con desesperación.
— Eirik… Eirik. – susurré entre sollozos
Todo a mi alrededor era un