La noche avanzaba lentamente, envolviendo la aldea en un manto de sombras y susurros del viento. Afuera, el bosque respiraba en la distancia, su voz un eco lejano que me arrullaba con un ritmo hipnótico.
Pero yo no podía dormir. Mi mente era un torbellino de pensamientos y dudas, preguntas sin respuesta que se enredaban en mi pecho como enredaderas ahogándome.
—Eirik, ¿Dónde estás mi amor? – solloce.
— No me han dejado verte, y mi alma muere si