El aroma del café se mezcla con el de la pólvora.
Es un contraste que no debería existir, pero que ya me resulta familiar. Porque en este mundo, uno no puede sentarse a leer informes financieros sin que le llegue una bala por la espalda.
O un traidor por el costado.
Estoy en mi oficina, con la camisa ligeramente desabotonada y las uñas impecables, mientras reviso los papeles que Enzo me dejó esta mañana. Lo que debería haber sido una transacción limpia, terminó salpicada de sangre y amenazas. Y