El encuentro no fue coincidencia.
Fue inevitable.
Desde el momento en que Esmeralda decidió dejar de reaccionar y comenzar a moverse con intención, sabía que ese punto llegaría. No importaba cuándo ni cómo. Solo importaba que sucedería.
Y sucedió.
El lugar no era casual. No era un aula ni una oficina. Era un espacio intermedio, uno donde las miradas podían pasar… pero las conversaciones no eran interrumpidas. Un punto donde el silencio tenía peso y cada gesto podía observarse sin interferencia.