El rugido del puerto no tardó en responder. Desde el ventanal del piso 40, el panorama comenzó a transformarse con la lentitud coreográfica de las grandes maquinarias. Una a una, las enormes grúas pórtico del muelle tres, que habían permanecido estáticas como monumentos de hierro muerto contra el cielo del mediodía, comenzaron a balancear sus brazos mecánicos. El humo denso y negro de los remolcadores volvió a rasgar el aire de la bahía, señal de que los motores habían sido encendidos tras la