El motor del vehículo negro rugió en mitad de la bodega abandonada, rompiendo la densa humedad del muelle viejo.
Emilio empujó a Esmeralda hacia el asiento trasero y se subió justo detrás de ella, cerrando la portezuela de un golpe seco. Ricardo no perdió un solo segundo; pisó el acelerador a fondo, haciendo que las llantas chirriaran contra el concreto cubierto de salitre y polvo, saliendo disparados de la propiedad justo cuando los primeros hombres de August Devereux rompían la rejilla del