La torre que albergaba el piso 40 no amaneció rodeada de la pomposidad habitual de las grandes transiciones corporativas, sino envuelta en un silencio espeso, casi fantasmal. La prensa financiera de la capital, acostumbrada a los despliegues de opulencia, las filtraciones de última hora y los desfiles de directivos con trajes de tres piezas, se encontró con las puertas de cristal del vestíbulo principal cerradas con llave. No había alfombras rojas, ni atriles con micrófonos listos para un anun