El cañón del arma de Valeria no temblaba. Bajo la luz pálida y húmeda que se colaba por la rejilla del muelle viejo, sus ojos reflejaban una desesperación líquida, rota, que contrastaba con la frialdad del acero que sostenía.
Emilio se congeló en el acto, interponiendo instintivamente su cuerpo para cubrir a Esmeralda una vez más. La oscuridad del túnel aún los envolvía por la espalda, pero el frente era un callejón sin salida.
—Valeria… —la voz de Emilio salió en un susurro ronco, cargado d