El frío del aire acondicionado del piso 42 pareció congelar la sangre en las venas de Emilio.
August Devereux no estaba solo. A los costados del imponente escritorio de caoba, tres hombres con trajes oscuros y posturas militares mantenían las manos cruzadas al frente, ocultando las armas cortas que abultaban sus chaquetas. El cristal del ventanal, que ofrecía una vista panorámica de toda la zona hotelera de Cancún y el mar Caribe tiñéndose de rosa por el amanecer, reflejaba la escena como un