El hombre salió tambaleándose del túnel subterráneo como un espectro arrancado del infierno.
Su ropa estaba quemada.
Tenía sangre cubriéndole el rostro.
Y apenas podía respirar.
—¡Ayuda…! —jadeó antes de desplomarse sobre el césped húmedo.
Los equipos tácticos corrieron inmediatamente hacia él mientras el humo seguía saliendo violentamente de la entrada subterránea.
—¡Hay más personas abajo! —gritó el rehén desesperado—. ¡Van a morir!
El caos explotó otra vez.
Paramédicos.
Guardias.
Sirenas.
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