El eco de las palabras de Esmeralda quedó suspendido dentro de la bóveda como una sentencia irreversible.
—Voy a destruirlos porque mataron a mi familia.
Ni Emilio ni Arriaga se atrevieron a interrumpirla.
La temperatura del lugar parecía haber descendido varios grados. Incluso el zumbido de los servidores y sistemas de seguridad sonaba distante frente a la intensidad que emanaba de la nueva heredera Villarreal.
Esmeralda seguía sosteniendo la fotografía rota del automóvil donde murieron sus