El ulular de las sirenas que ascendía desde la avenida principal envolvía el piso 42 en una atmósfera de urgencia absoluta. Las luces rojas y azules destellaban rítmicamente contra las paredes de cristal, tiñendo la oficina de caoba con los colores de un juicio inminente.
August Devereux se quedó inmóvil detrás del escritorio, mirando los fragmentos del Acta de Sucesión rasgada. Por primera vez en su vida, el gran titiritero de La Orden se descubría como un hombre común, despojado del mito de