El silencio tras la muerte de Don Maximiliano Villarreal cayó sobre el Hospital San Lucas como un manto oscuro y sofocante. Los médicos bajaron la mirada con respeto. Las máquinas dejaron de emitir sonidos frenéticos, y el pitido continuo de la línea recta parecía atravesar el alma de todos los presentes.
Esmeralda permaneció inmóvil frente a la puerta de la UCI.
Por un instante, el tiempo dejó de existir.
El hombre que le había devuelto un apellido, una historia y una razón para luchar ac