El bolígrafo de oro brillaba bajo las luces del techo como una pequeña y afilada daga dispuesta a sentenciar el destino de tres generaciones.
August Devereux mantuvo la mano extendida hacia el documento, con la respiración contenida y los ojos grises fijos en cada milímetro del rostro de Esmeralda. Disfrutaba el aroma del miedo, pero en esa oficina no había rastro de él. Solo quedaba la fría determinación de una mujer que había aprendido a negociar en el barro del mercado antes de conquistar