La lluvia seguía golpeando suavemente los ventanales de la mansión Valeriano cuando la madrugada terminó de cubrir Aurelia en silencio. La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la luz cálida de una lámpara junto a la cama.
Esmeralda finalmente dormía.
Después del llanto, del miedo y del agotamiento físico provocado por la droga, su cuerpo había cedido. Respiraba lentamente, abrazada a una de las almohadas de seda, todavía cubierta con una bata ligera que las empleadas le había