El sonido de la voz quebrada de Esmeralda atravesó a Emilio de una forma brutal.
Subió los últimos escalones casi corriendo. Al llegar al pasillo de la habitación, encontró a las empleadas afuera, nerviosas, sin saber qué hacer.
—Intentamos tranquilizarla, señor… pero no deja que nadie la toque —susurró una de ellas.
Desde dentro se escuchó un sollozo ahogado.
Luego otro.
Emilio abrió la puerta inmediatamente.
La escena le golpeó el pecho.
Esmeralda estaba sentada sobre la cama desordenada, env