La puerta del auto se cerró con fuerza.
El sonido quedó ahogado por la respiración temblorosa de Esmeralda.
Emilio arrancó de inmediato, alejándose de “El Olimpo” mientras la ciudad nocturna se desdibujaba detrás de los cristales oscuros del vehículo. Sus manos permanecían firmes sobre el volante, pero por dentro era un caos absoluto.
Porque Esmeralda estaba deshecha a su lado.
La droga recorría su cuerpo como fuego líquido.
Ella se removía inquieta en el asiento, respirando rápido, con la piel