La sensación no era nueva, pero esta vez era más clara: algo estaba mal. Esmeralda lo percibió desde que entró a la universidad. No fue una escena evidente ni un señalamiento directo, sino pequeños detalles que, juntos, formaban una imagen inquietante. Las miradas ya no eran solo curiosas, eran evaluativas. Los murmullos no se disimulaban. Y lo más extraño: su nombre aparecía en conversaciones que se detenían cuando ella se acercaba.
Intentó ignorarlo. Caminó con la misma seguridad de siempre,