Esa noche, la ciudad parecía distinta. No porque hubiera cambiado, sino porque Esmeralda ya no la percibía igual. Caminaba sin rumbo fijo, con los pensamientos enredados, sintiendo aún en la piel la cercanía de Emilio como si no se hubiera separado de él en ningún momento. No era algo que pudiera ignorar, ni tampoco algo que pudiera resolver con la lógica que siempre había sido su refugio. Había cruzado un límite invisible, uno que no se podía deshacer con decisiones rápidas ni con distancia ca