Mucho antes de la mansión, antes de las juntas y los apellidos pesados, Esmeralda había tenido una rutina simple. Predecible. Segura dentro de su propio caos. La cafetería no era solo un trabajo; era su punto de equilibrio.
Y ahí… siempre estaba él.
Mesa cuatro.
A la misma hora.
Mismo café. Negro. Sin azúcar.
Misma rutina.
Emilio Valeriano no destacaba por hacer ruido. Destacaba porque el silencio parecía adaptarse a él. Los demás clientes hablaban, reían, se movían. Él observaba. Siempre obser